Locales
Publicado by admin 17 de agosto de 2019
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@diarionecochea


Ataúdes: “Alguien tenía que hacerlos…”


En la década de los 60, la familia Mariscal - Olalla comenzó a incursionar en el rubro industrial. Los Olalla comenzaron en el rubro. Arnaldo y Pedro iniciaron primeramente la fábrica que luego agregó un nuevo socio : Hector Mariscal.

Con el transcurrir de los años cada uno, arrancó con su propio taller: había creado tres  fábrica de ataúdes.

En los inicios comenzaron a trabajar todos juntos en la casa de los Olalla (padre) sobre calle 51 al 2000. Luego Arnaldo continuó en calle 53 al 1800, Hector Mariscal en 55 1800 y Pedro Olalla en calle 67.

En esos tiempos cada uno contaba con al menos 8 empleados  y elaboraban artesanalmente, un promedio de entre  80 y 90 “cajones” por mes., donde el exterior, interior y los acabados finales -con los herrajes y lustrado- pasaban por sus manos, luego fueron apareciendo “pequeños” fabricantes de cajones en “blanco” (madera cruda, sin tratamiento).

Se usaba principalmente madera de álamo y productos nacionales en su mayoría, la madera era traída del sur.

 “Mi viejo hizo esto con altas y bajas, buenas o malas del país.”, dijo su hijo Jorge Luis Mariscal, quien, al igual que los demás hermanos , no continuó con la tradición familiar..

La realidad del país y el contexto económico ra diferente en esas épocas.. Explicó que compraban la madera hecha tabla y que cada ataúd es construido desde cero. “Se siguieron todos los pasos, uno por uno como nos enseñaron mi viejo y mi tío para terminar el cajón. El producto salía listo”.

En este sentido, destacó que el grueso de su trabajo es en forma artesanal, porque las tareas se hacen a mano. Es decir, que intervienen muy pocas máquinas durante la elaboración y son los obreros los que arman uno a uno los cofres.

Las medidas son estándares, pero también se hacen a pedido. Van desde 0,60 (los llamados “Angelitos”, que son blancos y que nunca quieren hacer) a los grandes de 2,10. Al igual que su hermano, remarca en que la pelean cada día y que siguen adelante.

“La gente cuando nos pregunta de que trabajamos se sorprendía. O incluso cuando abríamos la camioneta con los pedidos se asustaba o se persiguían . Se asombraban, pero cuando les contábamos entendían bien. Y terminaban dándonos la razón, remarcando que alguien los tenía  que hacer. Y éramos nosotros”.