@diarionecochea
Publicado:
16 de abril de 2018

El Quequén Salado, un paisaje para no olvidar



Casi como un tesoro que se oculta en un cofre enterrado, lejos de todo, el ancho y profundo Quequén Salado corre tan majestuoso como silencioso por la llanura pampeana y los más bellos cordones dunosos de la costa atlántica, hasta perderse en el mar. Los pocos que tienen la suerte de disfrutarlo no pueden olvidan los multicolores paisajes que teje en los últimos tramos de su manso recorrido y menos aún pueden evitar deslumbrarse por las maravillas que encierra, como un celoso guardián.

Casi como un tesoro que se oculta en un cofre enterrado, lejos de todo, el ancho y profundo Quequén Salado corre tan majestuoso como silencioso por la llanura pampeana y los más bellos cordones dunosos de la costa atlántica, hasta perderse en el mar. Los pocos que tienen la suerte de disfrutarlo no pueden olvidan los multicolores paisajes que teje en los últimos tramos de su manso recorrido y menos aún pueden evitar deslumbrarse por las maravillas que encierra, como un celoso guardián.

Es que allí, entre sus amplios meandros, se yerguen nada menos que las cascadas más altas y más anchas de la provincia de Buenos Aires, muy poco conocidas, incluso, por quienes viven a pocos kilómetros del lugar.

 El agreste espectáculo es llamativo, sobre todo en la rumorosa cascada De Cifuentes, donde el agua cae desde 8 metros de altura y el río, que hasta ese momento se desliza fatigosamente, adquiere un especial dinamismo y se cubre de largas estelas de espuma multicolor.

 En medio de la cascada, a trasluz de la cortina de agua, se advierte la oscuridad que inunda a una pequeña cavidad en la roca. Allí es posible ingresar y observar, desde un mágico y privilegiado punto de vista, las profusas cascadas.

 El espectáculo que supone ver los potentes rayos del sol pugnando por ingresar a la cueva a través de los jirones de agua resulta impactante.

 A esta altura de su "corto" curso de 135 kilómetros, el Quequén Salado tiene alrededor de 30 metros de ancho (que parecen muchos más), un profundo y vertiginoso lecho en forma de empinada V y una profundidad que, en algunos sectores, llega a los 14 metros.

 Ideal para los espíritus aventureros y amantes de la más pura naturaleza, el lugar es una irresistible tentación para quienes gustan de las cabalgatas, caminatas (tanto por las irregulares márgenes como por las llanas tierras contiguas), paseos en bicicleta, la observación de aves, la fotografía...

 El único problema que se plantea es hacia dónde seguir. Difícil decisión, por cierto.

 Desde la cascada De Cifuentes, lo mejor es caminar unos kilómetros río arriba donde, entre los intrincados giros del curso de agua, se encuentra el antiguo molino harinero Las Rosas, hoy desactivado.

 Esta rígida e imponente construcción del siglo XIX se destaca, dentro del paisaje, por sus líneas rectas y su solidez.

Hacia la desembocadura

 Río abajo de la cascada De Cifuentes, el primer lugar para detenerse es el denominado Puente Nuevo, famoso en la época de su construcción (1962) por la originalidad del arco que lo sostiene.

 Curiosamente, esta obra arquitectónica es eclipsada por una frondosa arboleda de eucaliptus y pinares, entre los cuales serpentea un pintoresco camino de tierra apisonada sobre el cual caen, como una garúa finita, los pocos rayos solares que logran filtrarse entre las ramas y hojas. Todo un oasis en el cual descansar antes de seguir viaje hacia la desembocadura del río.

 Unos dos mil metros más abajo, aparece el Puente Viejo. Llama la atención un hecho muy particular: no existe puente alguno en el lugar o, siquiera, un vestigio del paso ferrocarretero que fue destruido, en 1919, por una creciente.

 Aquí se puede acampar y disfrutar de deliciosos asados, pero lo mejor es animarse al trekking por barrancas que, a pesar de su pequeña y mediana altura, desde su cima ofrecen atractivas vistas panorámicas del potente río Quequén Salado surcando la llanura pampeana y de la mole de concreto que constituye la vieja represa hidroeléctrica, última que funcionó en la provincia de Buenos Aires.

 Unos kilómetros más abajo, aparece otra de las maravillas que los bonaerenses de la región sur parecen empeñados en no valorar en su justa dimensión: la cascada Mulpunleufú, la más ancha de toda la provincia, con 110 metros.

 Pese a su poca altura (alrededor de 3 metros), este accidente impacta en los ojos debido a la irregularidad de la línea de cascada --que provoca que las columnas de agua caigan en diversas direcciones, formando así bellísimos dibujos-- y a los profusos borbotones de espuma blanca que, como camalotes, siguen el curso del río hacia su desembocadura.

 Los repechos sobre las márgenes del curso de agua ofrecen, en este tramo, un espectáculo muy particular.

 Capas gruesas de piedra, en cientos de tonalidades distintas de marrón y gris, se entremezclan y extienden a lo lejos, como si corrieran a la par del río hacia el encuentro del mar.

 En los barrancos más grandes, llaman la atención decenas de pequeños hoyos, cavados por loros para hacer sus nidos.

 El paisaje es salpicado por una flora autóctona muy rica y una fauna que incluye desde patos y garzas hasta gallaretas y flamencos. Es el sitio ideal para quienes gustan de navegar en kayak o pequeños botes.

 

 Se trata de una amplia estructura cavada por el tiempo en una amplia barranca de piedra sólida, donde en 1860 --según cuenta la leyenda-- solía refugiarse un cuatrero apodado "El Tigre".

 En el lugar existe también una pequeña cascada, que desemboca en un profundo y amplio sector del río cuyas márgenes redondeadas han llevado a los lugareños a llamarlo La Olla. Lisas y pejerreyes pueden obtenerse en este tramo muy apreciado por los pescadores.

 A esta altura del recorrido, el lecho del Quequén Salado se ha vuelto menos profundo. Poco a poco, las barrancas laterales van dejando lugar a los médanos.

 Así se llega al balneario Elvimar, muy cercano a la villa turística Marisol y propicio para deportes náuticos y divertidos baños.

 En tierra, el imponente cordón dunoso invita a travesías en vehículos 4x4 y cuatriciclos.

 Es el preludio ideal para la llegada a La Boca, lugar en el que el río Quequén Salado vierte sus aguas en el océano Atlántico y donde se destaca la captura de espectaculares lenguados.





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