@diarionecochea
Publicado:
13 de mayo de 2018

La batalla cultural



 
Por Fernando Iglesias 13 de mayo de 2018  Compartir en FacebookCompartir   Compartir en TwitterTweet

Corría mayo de 2018 y el plan Cristina Eterna había funcionado perfectamente. La Constitución fue reformada y así Cristina accedió a su tercer mandato. Pero la economía no funcionaba bien. La Presidenta se aproximó al micrófono, lo acomodó con un gesto seco, mientras con la otra mano se acariciaba el pelo, sonrió a una platea de ministros, empresarios y funcionarios que la aplaudía enfervorizadamente, y comenzó su discurso, sin leer: "Esta corrida cambiaria es parte del golpe de mercado que los poderes concentrados están orquestando contra el Gobierno nacional y popular", comenzó. "Sacamos al país de cuatro años de recesión, bajamos cinco puntos porcentuales la pobreza, creamos más puestos de trabajo que en los últimos 15 años, llegamos al fifty-fifty en la distribución del ingreso, bajamos la desigualdad y estamos construyendo rutas, reconstruyendo el servicio ferroviario y llevando agua, cloacas y pavimento al Conurbano y el norte del país, donde viven los más vulnerables". La Presidenta miró al auditorio. El auditorio comprendió y aplaudió. "Por eso nos atacan los enemigos de adentro y afuera Por eso apuestan al dólar los traidores a la patria. Por eso es este golpe de mercado de los que quieren que devaluemos para meterles la mano en el bolsillo a los trabajadores", prosiguió.

El auditorio se puso de pie y la aclamó, embravecido. Y la semana siguiente, los voceros del Gobierno nac&pop eran entrevistados por periodistas con caras compungidas y que ensayaban sus mejores expresiones de comprensión en todos los medios. En todos lados cundía la indignación contra los nuevos buitres que querían destrozar al país. Había que resistir unidos. Todos los argentinos encolumnados detrás de nuestra líder. En ningún lado, por ninguna radio, en ningún canal de televisión, las conductoras se decían desilusionadas, ni se mencionaba en ninguna parte la frase "los errores del Gobierno".

La escena, claro, es totalmente imaginaria, aunque perfectamente verosímil. Si hubiera sucedido, tendría una sola cosa de verdadera: los datos socioeconómicos, perfectamente verificables, que corresponden a la gestión de Cambiemos; es decir: no son el resultado de una gesta nac&pop, sino de la gestión de dos años y medio del gobierno de los ricos que gobiernan para los ricos. La pregunta se hace sola: ¿cómo es posible que el populismo que fundió y saqueó al país esté en condiciones de enunciar impunemente dos discursos completamente opuestos acerca de la misma situación? ¿Qué grado de desconexión respecto de la realidad debe alcanzar una sociedad para que ambos discursos le sean verosímiles? Más allá de los errores cometidos en estos días por el Gobierno, ¿cómo es posible que en este momento de dificultad puedan proponerse como salvadores de la patria los que la hundieron cuando las condiciones internacionales eran incomparablemente mejores que las actuales; los mismos que dispusieron de condiciones externas inmejorables y de la suma del poder público por más de una década, y dejaron el tendal?

Para entender lo que sucede en la Argentina es posible imaginar un auto que avanza por un estrecho desfiladero. A un lado de la ruta se abre un enorme precipicio político-social: la pobreza afectaba a uno de cada tres argentinos y sigue afectando a uno de cada cuatro, casi la mitad de la población depende del Estado para subsistir y los dirigentes de las organizaciones que los representan tienen un interés muy simple: volver al poder a como dé lugar. Cuanto antes, mejor. El ajuste por shock que recomiendan los Milei y los Espert no solo tiene como impedimento el enorme costo social que implicaría, sino el de su inaplicabilidad política por parte de un gobierno que es minoría en ambas Cámaras, que suma solo 5 de 24 gobernadores y que enfrenta una oposición que en todos los episodios decisivos (ganancias, en 2016; jubilaciones, en 2017; tarifas, en 2018 olvida todas sus diferencias y sus acusaciones cruzadas para unificarse como Club del Helicóptero.

if(window.dfpAdHelperwindow.dfpAdHelper.appendAd("inline","/1058609/infobae/opinion/nota/inline",[1,1],""; ¿Cómo es posible que puedan proponerse como salvadores de la patria los que la hundieron cuando las condiciones internacionales eran incomparablemente mejores que las actuales?

Y del otro lado de la ruta por la que avanza nuestro pequeño automóvil se abre otro enorme precipicio, el económico: lo único sano que dejó el kirchnerismo -gracias a su empeño en explotar políticamente el relato que ponía al FMI y los fondos buitres como culpables de todo- fue una deuda externa baja. A ese activo está obligado a seguir recurriendo el Gobierno de Cambiemos si pretende encausar la economía sin apelar al shock cambiario vía convertibilidad que aplicó en 1991 el peronismo menemista, ni al shock devaluatorio que aplicó el peronismo duhaldista en 2002, y cuyos resultados fueron: 40% de inflación, 2,5% de aumento de las jubilaciones y 5,5% de los salarios, y un crecimiento del 50% de la pobreza en un año. El año en que el que había depositado dólares recibió Kirchner; 12 años de kirchnerismo, en compensación.

Esta estrategia obligatoria, la de financiar la transición desde una economía devastada e inviable a otra normal aumentando la deuda externa por tres años, al mismo tiempo en que se baja el déficit primario un punto y medio por año, y la carga fiscal, un punto anual, era y es la única posible para evitar que el auto caiga de uno de los lados del desfiladero. Y ha funcionado: el país crece y la pobreza y la desocupación bajan, al mismo tiempo en que se regularizan gradualmente las variables macroeconómicas. Pero el plan tiene, también, una debilidad: nos financiábamos al 4,75% promedio, porque el Primer Mundo venía aún de la recesión que siguió a la crisis de 2008. Eso se iba a terminar y se terminó. Y se terminó antes, y de manera más brusca de lo que el equipo económico había previsto, evidentemente. De otra manera, las decisiones adoptadas a fines de 2017, que apostaron por el crecimiento en detrimento de la estabilidad, hubieran ido en el sentido opuesto del que fueron. El error existió, y es inútil negarlo. Pero que lo critiquen los mismos que creen que la solución a todo es recalentar la economía no es más que otro producto del oportunismo intrínseco de la cofradía nacional y popular.

Como es obvio, el cambio de escenario internacional encontró al país en la poco envidiable situación de ser el eslabón más frágil de la cadena. No mucho, pero lo suficiente como para orientar todos los fondos especulativos globales contra una economía media y que aún está en terapia intermedia. El resultado está a la vista. No estamos en otro 2001, ni hay motivos para pensarlo, a pesar de la insistente campaña que han montado los que quieren vernos capotar. Los números no mienten. Las reservas del Central, decisivas para frenar una corrida, triplican las de 2001. La proporción de depósitos en dólares en el sistema financiero es menos de la mitad de la existente en 2001. La economía lleva siete trimestres de crecimiento cuando, en 2001, se venía de cuatro años de recesión. La pobreza bajó cinco puntos en un año y medio y, en 2017, hubo récord de creación de puestos de trabajo, cuando para 2001 la pobreza y el desempleo no paraban de subir desde hacía años.

Lo que asemeja al 2001 y al 2018 son tres elementos: 1 la maniobra especulativa contra el peso; 2 una oposición feroz y dispuesta a quebrar al país y al orden institucional para volver al poder, y 3 un delirio seguidista de la opinión pública en casi todos los medios que es muy parecido al de aquel entonces, cuando ayudaron a que la convertibilidad tuviera, dos meses antes del colapso, el apoyo del 80% de la población.

Lejos de ser un elemento marginal, este déjà vu colectivo, este eterno retorno del "se viene el fin del mundo, corramos a comprar dólares", es un elemento crucial de la maniobra desestabilizadora, ya que, por más que los fundamentos de una economía sean sólidos, si todo el mundo corre al banco a retirar sus depósitos, ninguna corrida se puede frenar. Y es, además, un indicio de una batalla cultural perdida con el populismo. Por acumulación de sentidos comunes durante décadas, por un lado, pero también por renuncia a ser planteada con todas las armas disponibles como parte de cambios que nunca llegan solos, sino que es necesario generar.

La Argentina es un avión que se venía abajo, comenzó a ascender y cruza hoy una zona de fuertes turbulencias que no generó, pero que la afecta más a que nadie

Si es posible que dos meses atrás se hablara de fracaso, cuando todos los índices macroeconómicos y de consumo (venta de autos, de electrodomésticos, de motos y de propiedades, ocupación turística, etcétera apuntaban para arriba, si sigue siendo posible que se hable de fracaso en bajar la inflación cuando había disminuido 15 puntos porcentuales en un año al mismo tiempo que se actualizaban las tarifas, si el mensaje de "gobierno de los ricos" sigue entrando a pesar de que es enunciado por quienes dejaron a un tercio de los argentinos en la pobreza y de que dos millones de personas abandonaron en un año y medio esa condición, si quienes se endeudaban al 15% y pagaban 1% de comisión a los bancos acusan de esclavos de los mercados financieros a quienes lo hacen al 4,75% con 0,12% de comisión, y sobre todo si hay que explicar que endeudarse al 4%-5% con el FMI en lugar de hacerlo al doble en los mercados es la única manera de evitar un ajuste violento, y no el detonador de un ajuste, hay algo que no funciona y que hubiera necesitado más atención en los momentos de calma económica y popularidad en ascenso.

La cosa es simple. Una estrategia comunicacional excelente para ganar elecciones no es necesariamente eficaz para gobernar. El uso de focus groups y la idea del círculo rojo pueden ser enormemente eficaces cuando se trata de percibir ideas consolidadas y adecuarlas a la estrategia electoral. Pero son también, por decirlo así, ideas intrínsecamente conservadoras del sistema de creencias existente y, por lo tanto, poco eficientes cuando de lo que se trata es de cambiarlas en el largo plazo; para lo que suele ser necesario olvidar las encuestas por un rato y dar lo que algunos han llamado, con la terminología militarista que tanto les gusta, la batalla cultural. Lo que predomina en el círculo rojo afecta solo a un 20% de la población; hasta que termina afectando a todo el resto, ya que ese 20% está compuesto, principalmente, por tomadores de decisiones y formadores de opinión. Agrego: la estrategia electoral, inevitablemente conservadora y de corto plazo, no es necesariamente incompatible con la estrategia de largo plazo de un gobierno cuyo denominador común es Cambiemos. Por el contrario, coordinarlas es posible, aunque requiera remover las preferencias psicológicas innatas que todos tenemos por alguna de ellas. Para decirlo en términos comunicativos: abandonar la propia zona de confort.

La Argentina es un auto que avanza entre dos desfiladeros, y es también un avión que se venía abajo, comenzó a ascender y cruza hoy una zona de fuertes turbulencias que no generó, pero que la afecta más a que nadie. Que la atraviese pagando costos pero evitando otro 2001 es, por lejos, el desenlace más posible; pero dependerá mucho de lo que hagamos quienes formamos parte del Gobierno, de quienes apoyan al Gobierno y de la responsabilidad que demuestren quienes no lo apoyan pero saben que el fracaso de Cambiemos sería el fracaso de la república y del país. Pedirle responsabilidad a una oposición que en pleno desbarajuste sigue dedicando sus mejores energías a proponer congelamientos de tarifas inconstitucionales e imposibles de financiar para hacerle pagar costos políticos al Gobierno es inútil. Ojalá que, por lo menos, los argentinos recordemos quiénes fueron y tomemos nota de quiénes son.





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