@diarionecochea
Publicado:
13 de mayo de 2018

Cruje el modo de gestión macrista



La delicada tormenta económico-financiera que cubre a la Argentina –cuyo detonante estuvo en el exterior-- ha puesto al descubierto dos evidencias soslayadas siempre por la clase dirigente y la sociedad. En primer lugar, la elevadísima vulnerabilidad estructural de nuestro país. Que fue barrida debajo de la alfombra después de que se consiguiera salir de la devastadora crisis del 2001. En segundo término, las serias dificultades del modo de gestión que caracteriza al gobierno de Mauricio Macri.

En un punto, ese par de evidencias se combinan. La responsabilidad caería sobre las espaldas del Poder Ejecutivo. La sociedad nunca conoció de modo fehaciente la grave realidad del país que Cambiemos heredó de la década kirchnerista. Sobre todo, el polvorín que se fue amasando durante los mandatos de Cristina Fernández. Se divulgaron retazos, resúmenes.

Christine Lagarde, titular del FMI (Sábat)

No se hizo así por desconocimiento sino por premeditación política. La cúpula del macrismo, donde talla la asesoría de Jaime Durán Barba, estimó que las expectativas populares que había despertado el desalojo kirchnerista del poder nunca debían ser eclipsadas con malas noticias.

Allí habría que detenerse en otro asunto que, ante la primera adversidad fuerte, parece hacer eclosión. El rumbo de las decisiones es siempre adoptado por una élite. Un síntoma llamativo dentro de un sistema que se oferta como una coalición. La ejecución de esas decisiones ingresa entonces en un verdadero laberinto, donde existen 22 ministerios, seis de ellos vinculados al área de la economía. Y dos ministros coordinadores, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, que ejercen enorme influencia fáctica y de palabra, pero que no rubrican ninguna determinación.

El Gobierno vino en estos años sorteando esas debilidades por dos razones. No tuvo que afrontar ninguna tormenta como la presente, formada por movimientos exógenos y mala praxis propia. Uno de aquellos, la decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos de elevar la tasa de interés. Es decir, sin adversarios políticos tangibles a la vista. En otros casos, exhibió muñeca política para negociar con la oposición. Sobre todo, hasta que logró consolidarse en las legislativas del 2017. Cuando debió confrontar con los opositores apeló a su relato dilecto: la comparación con el pasado. Y zafó bastante bien, incluso en el debate de la reforma previsional. Porque aquella dirigencia dejó ver su peor cara. Complaciente con la violencia callejera.

La fórmula empezó a dejar de dar resultados cuando se instaló la discusión por el aumento de tarifas. Para bajar los subsidios y atenuar el déficit fiscal. La forma drástica de resolverla, a través de Juan José Aranguren, sorprendió incluso a Elisa Carrió y al radicalismo, que buscaron atenuarla. Eso habilitó la convergencia opositora que esta semana aprobó en Diputados un proyecto para limitar los aumentos, haciendo un retroceso de valores hasta diciembre último. Con un costo fiscal todavía impreciso. Porque a último momento, con la tormenta económico-financiera encima, se resolvió introducirle 50 modificaciones. Para morigerar los cargos que el Gobierno lanzó sobre ellos para intentar hacerlos responsables por la seria situación.

El relato oficial, en ese campo, viene perdiendo eficacia. Porque de pronto empieza a estrellarse contra una realidad desangelada. Aquí queda de nuevo bajo la lupa el modo de gestión. Los radares macristas no detectaron en ningún momento la tormenta en ciernes. Se abrieron los paraguas cuando había empezado a diluviar.

Hay una secuencia descriptiva. La Reserva Federal de Estados Unidos tocó la tasa de interés el 21 de marzo. En febrero se había anticipado que lo haría tres o cuatro veces durante este año. Las consecuencias sobre un país endeudado como la Argentina iban a resultar inevitables. Pero en ese interín Macri insistía con que “lo peor ya pasó”. El último fin de semana largo (del 1° de mayo) cuando el Banco Central había vendido US$ 1.500 millones para contener los primeros remezones del dólar, las principales cabezas del Gobierno desoyeron la alarma. A la semana siguiente Federico Sturzenegger, titular del Central, desató el increíble torniquete de la suba de las tasas de interés. El lunes último se decidió pedir una asistencia al Fondo Monetario Internacional (FMI), cuya negociación está en curso y es aún un enigma. El ciudadano común debió desayunarse en apenas 10 días sobre la gravedad de la situación. La recurrencia al FMI fue vendida como un gesto previsto y solvente. En verdad se cocinó en 48 horas cuando Luis Caputo, el ministro de Finanzas, entró en pánico. Luego Macri llamó a la jefa de la entidad, Christine Lagarde.

El pedido de socorro también dejó otros registros. Nicolás Dujovne, el ministro de Hacienda, dijo al comunicarlo que se trataba simplemente de una solicitud de financiamiento preventivo. Luego aclaró que sería una línea de crédito flexible. Sin condicionamientos. Una idea que reforzó Marcos Peña, el jefe de Gabinete. Es un mecanismo que, en la región, disponen ahora Colombia y México. Son para utilizar fondos en caso de que los gobiernos lo consideren necesario. Para esa variante, sin embargo, es imprescindible poseer resortes básicos muy sólidos de la macroeconomía. No es lo que le sucede a la Argentina. Finalmente el Gobierno admitió que se tramita un stand- by que requiere de condiciones y monitoreos de parte del FMI. Una cuestión conocida aquí. En la cual están inmersos ahora un conjunto de países que no se caracterizan por sus brillos económicos. Por citar algunos: Bosnia, Moldavia, Gabón, Ucrania y Costa de Marfil.

El problema no sería el retorno al FMI. El Gobierno deberá por esa decisión pagar un costo debido a que el relato kirchnerista fue en ese campo eficaz. Caló en vastos sectores de la sociedad. Remitió a una recuperación épica de soberanía que durante años sirvió de telón para ocultar otras cosas. Néstor Kirchner canceló de un saque la deuda con el FMI pero nunca retiró al país como miembro del organismo. Cambió un financiamiento históricamente de tasas bajas aunque condicionado por otro políticamente útil a su proyecto. Tomó préstamos de Venezuela, cedidos por Hugo Chávez, al 13%. Sin exigencias.

Aquel costo que el Gobierno deberá afrontar también responde a un pecado propio. El relato oficial hasta la semana anterior transmitía que todo andaba bien. Que las metas de la inflación y el crecimiento, más allá de señales inquietantes, se iban a cumplir. Este desacople con la realidad es el que ahora causa perplejidad. Porque los protagonistas no atinan a adaptar el libreto. El Presidente aseguró que “este camino conduce a un futuro mejor”. ¿Significa que durante los dos primeros años se transitó un sendero equivocado? Peña afirmó que el regreso al FMI “no quiere decir que la historia siempre se repite”. La impresión colectiva, por el giro de las últimas horas, es exactamente esa.

Los crujidos por el modo de gestión se ramifican también en el andamiaje de Cambiemos. La decisión de recurrir al FMI fue consultada con Carrió y los radicales cuando ya estaba tomada. Los socios entienden el momento y se encolumnaron con Macri. Pero quedan secuelas. De hecho, Carrió y otros seis diputados de la Coalición no votaron en la sesión por las tarifas. No se percibe en el macrismo ningún espíritu aliancista. Salvo en los tiempos electorales. Lo del FMI tiene antecedentes frescos. Uno fue el famoso mega DNU que, por presión interna y de la oposición, mutó en tres proyectos de ley que aún duermen en el Congreso. Otro, la repentina nominación de Inés Weinberg de Roca para ocupar la Procuración General que dejó vacante Alejandra Gils Carbó. La más ruidosa resultó la apertura del debate sobre la Ley de Aborto, que no estaba en los cálculos de casi nadie. Que, sin desmerecer un gramo la importancia del tema, pareció haber sido lanzado por el Gobierno para retomar la agenda pública y disimular inconvenientes económicos que empezaban a despuntar.

Dentro del propio macrismo existen dirigentes que admiten dificultades en el desenvolvimiento de la política interna. Suponen, además, que el acercamiento con el FMI demandará un frente compacto. Con participación incluso de sectores peronistas. Porque parece inevitable que las condiciones del organismo de crédito deberán contar con algún aval opositor para que no terminen naufragando.

Macri perdió, en ese sentido, dos oportunidades. Cuando ganó en el 2015 y al revalidar su título en octubre del año pasado. Por entonces no asomaba esta tormenta y el Presidente y su círculo áulico calcularon que un pacto con la oposición desteñiría la condición de novedad política que se empeña en esgrimir Cambiemos.

Para colmo, el Gobierno se topó con otra ingrata sorpresa. El kirchnerismo cuestionó la negociación abierta con el FMI. Pero Cristina, asesorada por un ex ministro, se encargó de sellar su boca. Era la única voz que le servía de verdad a Cambiemos para poder confrontar. Y reeditar peleas que siempre dejaron réditos. La abstención de la ex presidenta ha dejado al oficialismo sólo delante de su espejo.

Nada será igual desde ahora ni para Macri ni para Cambiemos. El Presidente hizo una insinuación de haber comprendido el escenario cuando se reunió con gobernadores peronistas y con empresarios. Debe conseguir el aval del FMI. Cerrar el acuerdo vigésimo séptimo de nuestro país desde 1958. Casi todos incumplidos. Debe domar los mercados rebeldes. Debe evitar una disparada inflacionaria y que la economía se planche. Todo, antes de ingresar en el 2019 para pugnar por su reelección. Mucho más incierta hoy que hace apenas unos meses.

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