Eduardo van der Kooy
Publicado: 11 de julio de 2018
Tiempo de lectura: 7 minutos, 40 segundos
@diarionecochea

El ajuste está, pero la política aún no


Mauricio Macri exhibe una convicción invulnerable. Cree que su Gobierno tiene como eje excluyente de futuro el cumplimiento de las metas acordadas con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Representan un recorte de $ 200 mil millones. Aquella convicción, conjetura, sería la que ha colaborado con cierta tranquilidad en los mercados trasuntada en los últimos diez días.

Nadie discute esa determinación en Cambiemos. Incluso es aceptada por algunos sectores de la oposición. El dilema irresuelto consiste en adivinar cuál será, al final, el camino político que recorrerá el Presidente para alcanzar el objetivo. En la reunión de Gabinete de este martes lanzó una advertencia. “Para el mundo somos los únicos garantes del modelo”, aseguró. Esas palabras encerrarían dos problemas.

Primero: el severo ajuste, inevitable, no significa en sí mismo ningún modelo.

El ex presidente Juan Domingo Perón.

Segundo: si la garantía se llegara a circunscribir a Cambiemos habría una dificultad adicional. Se trata de una coalición de minorías parlamentarias, obligada a aprobar la ley de Presupuesto 2019 en el Congreso. Difícil que pueda hacerlo sin ampliar la base política. Difícil, además, que el mundo continúe confiando sólo en los “garantes del modelo” cuando la Argentina se está asomando a un incierto recambio presidencial.

Macri enfrenta ahora dos obstáculos. Uno es la falta de liderazgo en el peronismo. Con excepción del que encarna Cristina Fernández, dispuesta a no negociar nada. El otro refiere a convulsiones repetidas e innecesarias en Cambiemos que trastornan su cohesión.

Con respecto al peronismo, existe una visión ambivalente. Macri señala, con razón, la ausencia de aquellos liderazgos. Aunque tiene abiertos canales de diálogo con los gobernadores del PJ. Esos dirigentes difícilmente admitan un acuerdo que no tenga un correlato en Diputados y el Senado. Porque la mayoría de aquellos participa en el intento de construcción de una propuesta electoral para el año próximo. Resulta complejo pensar en una disociación.

El Gobierno posee ejemplos recientes a la vista. Ocurrió cuando se debatió la limitación del aumento a las tarifas que Macri debió vetar. Acordó con la mayoría de los gobernadores pero no todos pudieron –o quisieron-- cumplir con el pacto. Varios de sus legisladores terminaron votando en contra del plan que había pergeñado el ex ministro de Energía Juan José Aranguren.

Es cierto que la acción sobre ellos ahora se ha intensificado. El timón cotidiano sigue en manos del ministro del Interior, Rogelio Frigerio. Este martes mismo intercambió pareceres con tres mandatarios pejotistas. Pero cuenta con el soporte de las dos vigas maestras del macrismo: María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Aunque el trabajo de la gobernadora de Buenos Aires y del jefe de la Ciudad se focaliza por el momento en Sergio Massa. El líder del Frente Renovador que conduce entre 18 y 20 diputados. La cifra resulta oscilante porque algunos dicen estar pero no están. Felipe Solá y Facundo Moyano se pasearon el lunes en el mitín que los artistas y el kirchnerismo realizaron para repudiar el acuerdo con el FMI. Encandilaría en ese espacio –en la política en general– la falta de representatividad pública de sus dirigentes. Se han acostumbrado sólo a acompañar movilizaciones que realiza la farándula.

Felipe Solá y Facundo Moyano, el lunes, en la marcha contra el FMI.

La posibilidad de acordar con el massismo tampoco sonaría sencilla. El Frente Renovador difundió la semana pasada un plan de urgencia para ayudar a superar la crisis. Anclado, a trazo grueso, en la pelea contra la inflación y la protección de las pymes. Sin embargo, su desbroce permitiría una conclusión: estaría lejos del ajuste que, como receta, propone Macri.

El Gobierno difundió a propósito otras novedades. La suspensión de bonos e incentivos estatales, el congelamiento de incorporaciones al Estado hasta 2020. El cese de los convenios laborales existentes entre el Poder Ejecutivo y las universidades nacionales, provinciales, municipales y privadas. Hay varios que impactarán en Buenos Aires. Que crecieron en los tiempos kirchneristas. Se caerían varios miles de contratos y nacerían naturalmente los conflictos.

Esta decisión representa una vuelta de tuerca adicional sobre el Plan de Modernización del Estado que comunicaron hace dos meses los ministros de Hacienda y Finanzas, Nicolás Dujovne, y el de Modernización, Andrés Ibarra. Macri añoró delante de sus ministros la carencia de líderes que puedan asegurar un acuerdo global por la ley de Presupuesto. Aludió a Carlos Menem y Raúl Alfonsín cuando celebraron el Pacto de Olivos que desembocó en la Reforma Constitucional de 1994. Su referencia incluye una porción de realismo. Pero no todo.

Raúl Alfonsín y Carlos Menem. (Foto: DYN/Archivo)

Aquel pacto nació de una enorme presión peronista para consagrar la reelección del ex presidente. El caudillo radical aceptó porque consideró que con las mayorías en el Congreso el PJ podía sancionarla de todas maneras. Casi ninguna de las innovaciones institucionales, está a la vista, resultaron útiles para mejorar la calidad política. Se instrumentó, por otra parte, un mandato de cuatro años con elecciones legislativas intermedias pensado, a priori, para la permanencia de gobiernos con sesgo hegemónico. Ningún gobierno peronista tuvo desde entonces minoría en ambas Cámaras. Sobrellevó sin muchos sobresaltos las derrotas de medio término. Menem continuó en su ruta pese a la caída de 1997. Cedió un país declinante que Fernando de la Rúa no supo reconstituir. Y se hundió en la crisis del 2001. Cristina se repuso de la pérdida del 2009 y sancionó infinidad de proyectos en el Congreso. Logró construir en 2011 un gobierno con récord de votos y una supremacía política e institucional agobiante.

Mauricio Macri, Marcos Peña y Rogelio Frigerio recibieron en Olivos a los gobernadores y referentes del radicalismo. (Foto: Presidencia)

Macri le debe prestar también atención a Cambiemos. En la noche del martes cenó con los gobernadores radicales. Se sumó el jefe del interbloque parlamentario Mario Negri. Fue el epílogo de una jornada que tuvo una escala previa. Los mismos mandatarios estuvieron a la tarde en la Casa Rosada con Marcos Peña, el jefe de Gabinete, y con Frigerio.

El último temblor de Cambiemos respondió a una irrupción de Elisa Carrió. La diputada había dicho el viernes, durante una charla en Entre Ríos, que “los radicales harán lo que les digamos”. Se supone, porque no lo especificó, que refirió al acompañamiento que requiere Macri para llevar adelante su política de reducción del déficit fiscal. Nadie terminó de entender bien el objetivo de la líder de la Coalición con aquella deflagración. Muchos radicales quisieron interpretarla sólo como fruto de su personalidad. Un gesto de histrionismo ante un auditorio colmado que carcajeó con su frase.

Quizás el único que no lo entendió de ese modo fue Alfredo Cornejo, el gobernador de Mendoza y titular de la UCR. Le respondió con un durísimo documento que no consultó con nadie. Habló de “frivolidad discursiva” y de aportar a Cambiemos “menos de las propinas que deja”. Alusión al consejo de Carrió a los ciudadanos pudientes para que ayuden a los más pobres a soportar la travesía de la crisis.

La diputada Elisa Carrió.

Macri, Peña y Frigerio pidieron a los gobernadores radicales que hagan esfuerzo por apagar ese fuego interno. Cambiemos necesita en este trance de una amalgama muy superior a la de los dos años largos que antecedieron en el poder. Y la líder de la Coalición representa un eslabón clave. El Presidente supone también que el incidente habría obedecido sólo al personalismo de Carrió. Seguramente sabe de qué habla. 



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