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Publicado: 31 de julio de 2018
Tiempo de lectura: 3 minutos, 44 segundos
@diarionecochea


La escuela que está cerca del cielo y que se llega a lomo de burro


Por Leandro Vesco

El mapa argentino tiene caminos con alma que traslada personas en la soledad. Uno de ellos es el que cada 25 días tienen que hacer los maestros y alumnos de la escuela N°474 del paraje El Tolar, en Catamarca. El pequeño establecimiento, está en medio de las montañas a más de 3.000 metros de atura y sólo se llega a lomo de burro o a caballo, subiendo una cuesta interminable que demanda nueve horas. Esta es la Argentina desconocida. 

Para llegar El Tolar primero hay que atravesar La Soledad, el pueblo más cercano. Una vez allí, encarar la cuesta. Los maestros y los niños cumplen un periodo de 25 días corridos en la escuela, cerca del cielo. En la base de la montaña quedan las casas de los padres de los 33 alumnos que conviven con los tres maestros, aislados del mundo, asistiendo a clases de 8.30 hasta las 18 horas. Allí comen y duermen. “Durante 25 días no sabemos si nuestra familia existe o no”, afirma a El Esquiú Amalia Agüero, directora de la escuela.

La comunicación desde esta altura es nula, no existe ningún vehículo que pueda desafiar la cuesta de 3.200 metros. No tienen internet ni mucho menos señal de telefonía. “Los teléfonos los usamos para sacar fotos”, afirma Amalia. A pesar del entorno, de las limitaciones, la comunidad educativa de la escuela es una gran familia que comparte una vida plena, en la altura docentes, alumnos y los padres que ayudan hacen que sea una experiencia agradable para los niños. A falta de recursos, ellos mismos se las ingenian para buscar las soluciones.


Los alumnos de la Escuela de El Tolar, rodeados de montañas y silencio.

¿Sabe cómo nos comunicamos? Prendemos la luz de la escuela, hemos puesto un foquito. Entonces, llegamos y prendemos ese foquito. Ellos lo ven desde el barrio y ya saben que están los maestros. Ese es el aviso que tienen ellos. Así nos comunicamos porque otra cosa no podemos hacer”. El barrio es el caserío que queda a miles de metros más abajo, en la base de la montaña. Con la pequeña luz que se ve desde lo alto, las familias saben que sus hijos están protegidos.

Si la subida es ardua y fatigosa, la bajada lo es aún más. A caballo o a burro, los padres buscan a sus hijos, y deben atravesar por desfiladeros peligrosos. “¿Es lógico que tengan que bajar la cuesta así? ¿Y sí se le escapa el bebé? ¿Si el caballo se desbarranca?”, se pregunta Amalia. La respuesta debería salir de algún escritorio de la política, que está ausente en todo sentido aquí.

Materiales, comida e insumos, todo debe ser trasladado de la misma forma. Los padres ayudan, y llevan a la escuela lo que haga falta. En estos días decidieron construir una sala para el Jardín de Infantes y llevaron con burros los materiales y el mobiliario para equipar la salita, que ellos mismos están construyendo.

“Los papás nos hicieron el  favor de traer las cosas que nos han donado. Tenemos el proyecto de la sala de jardín, porque la escuela es chiquita y entonces le propusimos a los papás de hacerla entre todos y así fue. Estamos trabajando, vamos bien”, se entusiasma Amalia, quien asegura que “es muy difícil llegar a la escuela, pero es algo que hacemos para cumplir nuestra tarea. El Tolar es un paraíso, la gente es buena, todo lo que nos rodea es hermoso. La gente va a la escuela, se interesa, nos ayuda, colabora en todo lo que queremos hacer”, concluye. La soledad y el silencio, protegen a este puñado de catamarqueños que eligen vivir en su lugar en el mundo, donde aún se comunican con señales de luz y la educación se hace con el ejemplo, a diario.



@elfederal