Eduardo van der Kooy
Publicado: 08 de agosto de 2018
Tiempo de lectura: 7 minutos, 13 segundos
@diarionecochea

El desfalco de Amado Boudou y de Cristina Kirchner


Amado Boudou logró marcar este martes otro récord. Es el primer ex vicepresidente en la Argentina que recibe una condena por corrupción. Acumulaba ya un par de galardones. Había sido el primero en ser procesado en ejercicio de su función en 2014. Por decisión del juez Ariel Lijo. También, el primer ex vicepresidente en ser detenido. Fue en noviembre de 2017, de modo temporario, en una causa por enriquecimiento ilícito. Ahora fue condenado a 5 años y 10 meses de prisión por pretender apropiarse de la imprenta Ciccone. Que imprimía e imprime aún billetes moneda nacional.

El castigo contra Boudou sucede en un momento muy especial. Quien fue su numen, Cristina Fernández, está cerca de perder sus fueros para que el juez Claudio Bonadio allane tres domicilios de su propiedad. En El Calafate, Río Gallegos y Recoleta. Es por la impactante causa de los “cuadernos de las coimas” que revela la existencia de un presunto circuito recaudador de fondos públicos que diseñó Néstor Kirchner y prolongó la ex presidenta cuando su marido repentinamente falleció. Cristina debe presentarse a declarar el próximo lunes frente al mismo magistrado.

Cristina y Boudou conformaron en el 2011 la fórmula que cosechó el 54% de los votos. La mayor cifra conocida desde que retornó la democracia en 1983. Puede haberse tratado, observado a la distancia, del mayor desfalco de la confianza popular. Más allá que la ex presidenta retenga todavía un núcleo impenetrable de fieles.

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La excepcionalidad de las circunstancias tiene que ver con el estallido del “cuaderno de las coimas”. Que recolocó al problema de la corrupción como centro de gravedad de la escena pública. Boudou pareciera un broche simbólico para la reciente revelación. También otro golpe discursivo y político letal para el kirchnerismo que había recobrado energías, al explotar los fracasos económicos del Gobierno. Sobre esa recuperación venía planeando la pelea electoral del 2019.

Esa pretensión parece haberse complicado una enormidad. No por Boudou, a quien el kirchnerismo abandonó hace rato. Tanto, que sólo pudo quedar bajo el ala del piquetero Luis D Elia. El escollo mayor lo constituiría la propia Cristina. Tampoco únicamente por verse de nuevo embretada en otro escándalo de corrupción. La ex presidenta demostró en el ejercicio del mandato y fuera de él una notable inhabilidad para las construcciones electorales y políticas. Como contracara, supo consolidar un liderazgo emocional sin parangón todavía en tiempos democráticos.

Boudou fue su compañero de fórmula en contra de todos. Incluido su hijo Máximo Kirchner que, por ciertas infidencias, conocía las intenciones del ex vicepresidente para encaramarse en el poder. Aquellas mismas infidencias --¿intercepciones telefónicas?-- le había permitido descubrir la opinión descarnada del marplatense sobre su madre.

El recorrido de Cristina exhibió otros jalones que tampoco, por lo visto, resultaron acertados. Deshizo, por ejemplo, la alianza clave de una maquinaria de poder heredada de Kirchner. Apartó al líder camionero Hugo Moyano. Desconsideró al sindicalismo clásico y prefirió reemplazarlo por uno marginal. Al final del camino ha vuelto a familiarizarse con Moyano en un gesto de inocultable debilidad. Porque a Unidad Ciudadana, su grupo político, le cuesta muchísimo recolectar socios. La realidad los mostró unidos de nuevo en un acto de SMATA. Cuando ambos están acechados por la Justicia y denuncias de corrupción.

Cristina también subvaluó a Mauricio Macri y a Cambiemos. Por esa razón dejó correr la candidatura de Daniel Scioli. A quien siempre tuvo tirria. Esa desconfianza la indujo a designar como compañero de fórmula del ex gobernador a Carlos Zannini. Visto por la opinión pública como un monje negro. Para completar el tablero de errores impulsó a Aníbal Fernández para disputarle Buenos Aires a María Eugenia Vidal. Despreciando primero a Florencio Randazzo. Perjudicando luego en la elección interna a Julián Domínguez.

Con tales antecedentes, ¿Cómo haría Cristina ahora para colocarse a la cabeza de un espacio de unidad que involucre a kirchneristas y peronistas? ¿Cómo consagrar así a un candidato único? ¿Cómo hacerlo además sin que aquel imaginario espacio no deba responder por las denuncias de corrupción conocidas y aquellas que seguirán aflorando de los “cuadernos de las coimas”?

El kirchnerismo permanece perplejo por la onda expansiva de esa bomba. Viene procesándolo por etapas. Pero todavía no logró salir del laberinto. Ni bien se conocieron los cuadernos del chofer Oscar Centeno se refugió en el argumento del supuesto invento. Después hizo hincapié en la existencia de sólo algunas fotocopias. Más adelante señaló que la ofensiva estaba dirigida contra la política. Ahora se aferra a los procedimientos utilizados por Claudio Bonadío y el fiscal Carlos Stornelli para progresar con la causa. Es un tópico destinado a los expertos.

La causa posee una novedad inédita que, en buena medida, derrumbó aquel castillo de arena edificado por los K. Hubo un avance sobre el sector empresario. Sobre los supuestos pagadores de las coimas que siempre reclamó denunciar Cristina cuando se vio apremiada. Y Julio De Vido desde la cárcel. Aquel avance no fue sólo sobre las empresas más vinculadas con el ciclo K. Ni sobre los viejos amigos del matrimonio. Ha caído, por ejemplo, un ex gerente de Techint, la empresa más poderosa de la Argentina. Una de las dos transnacionales. Héctor Zabaleta, de él se trata, ya se acogió a la figura del arrepentido. También figuran Javier Sánchez Caballero y Angelo Calcaterra, de IECSA, el primo de Macri. Ambos aceptaron que las coimas se pagaron. El pionero había sido Juan Carlos De Goycochea, de ISOLUX. De muy estrecha relación con De Vido.

Todos esos empresarios se acogieron a un libreto similar. Dijeron que las coimas habrían sido, en todos los casos, para financiar las campañas electorales. Fácil de entender con la meta de reducir sus posibles penas. Difícil de aceptar cuando se detecta la cantidad de años de recolección de fondos que describen los cuadernos del chofer.

Bonadío deberá descifrar ese enigma. Aunque al margen de eso y de los enriquecimientos personales, subyace otra realidad que atañe a toda la democracia. Refiere al financiamiento de la política. Un asunto que estaba en superficie cuando aparecieron los “cuadernos de las coimas”. El debate rondó en principio a Cambiemos. Por los aportantes truchos descubiertos en la campaña en Buenos Aires de 2017. Cerca de $80 millones. Pero sea o no aquel utilizado por los empresarios arrepentidos un recurso de fuga, asoma claro que demasiado dinero clandestino de ese sector se destina a financiar a los políticos. Existe, en ese sentido, un recuerdo impune e imborrable: aquella valija --¿de cuántas?-- que ingresó al país Guido Antonini Wilson procedente en 2007 desde Caracas con US$800 mil. Esa causa prescribió luego de una década.

El final de la presente historia está lejísimos. Pero plantea la necesidad de repensar cómo funciona el sistema global en la Argentina. Las novedades significan, por sí mismo, un gesto saludable. Una reivindicación para las antiguas sospechas de la sociedad. Que habían sido defraudadas por última vez en enero del 2016. Ese año se cerró la causa por las coimas en el Senado, ocurrida durante la administración de la Alianza. Todos los involucrados fueron absueltos.



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