Necochea: Un regalo de la naturaleza

Fundada el 12 de octubre de 1881, por sus playas pasaron millones de turistas; desde el Puerto Quequén zarparon cuantiosas toneladas de cereal, fruto de los fértiles campos que la circundan

Esta parece ser una ciudad como tantas otras de la provincia de Buenos Aires. En el centro, una plaza de cuatro manzanas es atravesada por dos avenidas y rodeada por la iglesia, el palacio municipal y algunas instituciones educativas. Sus calles guardan la tranquilidad de los pueblos del interior y las dimensiones de un lugar pujante, pero su horizonte es único. La confluencia del río Quequén Grande con el océano Atlántico es el marco natural de esta ciudad que el 12 del actual celebró 124 años de vida.

 

Los días en Necochea transcurren en medio de un escenario privilegiado. La playa despliega su inmensidad frente a una ancha avenida con palmeras que, hacia el Sur, se introduce en el manto verde e infinito del parque, mientras que desde su extremo opuesto se asoman grandes embarcaciones con banderas extranjeras, atracadas a la sombra de elevadores y silos repletos de cereal, el fruto de los campos fértiles que rodean a la ciudad.

La historia comienza en 1748, cuando el jesuita Cardiel llegó a la desembocadura del río Quequén y apuntó en su diario de viajes las bonanzas que la naturaleza brindaba a la región. El nacimiento de la patria y la posterior extensión de la frontera atrajeron a gauchos errantes y pioneros avezados que se asentaron en precarios ranchos de adobe y paja.

Con la sanción de la ley de enfiteusis, de Bernardino Rivadavia, las tierras de las pampas comenzaron a tener propietarios y el general Eustaquio Díaz Vélez adquirió 32 leguas cuadradas sobre el Mar Argentino, a ambas márgenes del río Quequén Grande, en tierras que desde 1865 pasaron a formar parte del nuevo partido de Necochea. Cargados de esperanzas y con la certeza de que todo estaba por hacerse, llegaron a territorio necochense estancieros, arrendatarios y comerciantes.

En 1871, los pocos pobladores -con el comandante de Guardias Nacionales, Angel Ignacio Murga, y el juez de paz Victorio de la Canal a la cabeza- iniciaron las gestiones ante el gobierno provincial para que Necochea tuviera su ciudad cabecera. Diez años después, el 12 de octubre de 1881, alcanzaron el sueño. El trazado, a cargo del agrimensor José María Muñiz, quedó fijado a una legua del río y tres del mar, en campos de la familia Díaz Vélez (comprendía 256 manzanas, 235 quintas y 164 chacras).

El futuro se avizoraba próspero. Las tierras eran fértiles y desde hacía varios años los pailebotes se introducían en el río Quequén para cargar tanto tasajo como veinte carretas podían llevar. “El puerto le dará una grandísima importancia y adquirirá un desenvolvimiento considerable, influyendo poderosamente en el progreso y en el aumento de la riqueza pública”, prodigaba desde la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires José Hernández, el padre del “Martín Fierro”.

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