Acorazado Potemkin: cuando la obra resiste a la "nueva normalidad"

 

Acorazado Potemkin repitió la propuesta performática de armar sets de unas cuatro piezas casi sin pausas entre ellas

Acorazado Potemkin ratificó, por si hacía falta, el peso de una obra amasada desde 2009 y volcada en cuatro álbumes que anoche desplegó con su impronta volcánica en el contexto ventoso, gélido y sanitario del predio al aire libre y al borde del río de Mandarine Park.

Ni el viento que transformó una noche agradable en casi fría, ni los protocolos sanitarios con islas de madera valladas para alojar a grupos de espectadores a distancia lograron menguar los consistentes fuegos de un terceto rockero que combina como pocos poesía y barro, desgarro y reflexión, suciedad y virtuosismo.

El proyecto que convoca a Juan Pablo Fernández (voz y guitarra), Luciano Esain (batería y coros) y Federico Ghazarossian (bajo) construyó con esos elementos distintivos plasmados en «Mugre» (2011), «Remolino» (2014), «Labios del río» (2017) y «Piel» (2019), un recital impecable donde -como pocas veces y gracias a un sonido estupendo manejado por el productor Mariano “Manza” Esain- pudieron disfrutarse la espesura y los matices del trío.

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En poco más de 100 minutos y con 27 canciones en las que se sumó frecuentemente el afilado violín eléctrico de Christine Brebes casi como una cuarta Potemkin, el conjunto hizo gala de los talentos individuales de sus integrantes puestos al servicio de una idea tan turbulenta y vertiginosa como atrapante.

Puntualmente a las 21 la velada comenzó diciendo cosas como (“Remedio que duele tanto/Remedio que cura mal/Remedio que llega tarde”) en “A la encandilada” que integra “Piel” y se extendió hasta cerca de las 23 con el único bis y advertencia (“’Que mis secretos sean los tuyos’ la maldijo hasta el final/y ahora sabemos todo/supimos y habremos de saber”) en “Puma Thurman”, uno de los últimos de “Mugre”.

En el medio de ese viaje apoyado por un continuado de imágenes en blanco y negro del artista audiovisual Fernando Molina en la pantalla que coronaba el tablado, se sumaron otros aportes como los de Javier “Cardenal” Domínguez en “Reconstrucción” y Beto Siless en “Miserere”, otras dos canciones necesarias.

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Acorazado Potemkin repitió la propuesta performática de armar sets de unas cuatro piezas casi sin pausas entre ellas, algo que en el contexto de inmensidad y distancia propuesto anoche sumó como elemento conceptual.

En ese viaje brumoso y extrañado hubo versiones antológicas de “El Rosarino”,

“Pintura interior”, “Flying saucers”, “María”, “Santo Tomé”, “Las cajas”, “El pan del facho”, “El arca”, “Pañuelos”, “Mundo Lego”, el hit “La mitad” con freno de mano pero igualmente imbatible y “Umbral”.

Así y más allá de un repertorio propio y registrado que se privó de otros 21 títulos posibles de similar impacto por ser constituidos con la misma materia prima, la agrupación regaló su inquietante universo estético en un contexto singular y armó un show inolvidable para unas 300 personas.

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