Cuáles son las prácticas que escritores y escritoras incorporaron con la pandemia

 

El tiempo de pandemia le modificó las condiciones de creación.
La experiencia de confinamiento extremo que tuvo lugar el año pasado con la pandemia modificó las condiciones para la escritura, pero con el paso de los meses se fue transformando en una instancia productiva que permitió a escritores como Jorge Consiglio, Gabriela Cabezón Cámara, María Teresa Andruetto e Inés Garland continuar creando y recuperar un tiempo para la observación y el descubrimiento de otros ámbitos inspiradores.
La escritora Gabriela Cabezón Cámara

Nuevos rituales de escritura, una inercia que activó la angustia pero que luego se transformó en impulso creativo, un tiempo que ayudó a encadenar las lecturas y los textos en producción con el resto de la vida: en el rango diverso de nuevas configuraciones que dejó la pandemia se enlazan experiencias como la de Cabezón Cámara, que logró volver a escribir pero ya sin el imperativo de ser productiva todo el tiempo. O la de Consiglio, a quien los meses recluidos le permitieron redescubrir el barrio donde vive. O el caso de Andruetto, que se sumergió en seminarios de filosofía y otros temas que antes merodeaba sin profundizar. También fue un tiempo decisivo para Garland, que pudo interpelar a la muerte «de una manera mucho más concreta que antes».

«A mí la pandemia me agarró a toda velocidad: venía corriendo hacía años. Quedé pataleando en el aire, a la manera de los personajes de las animaciones que veía cuando era chica. Les sacaban el piso y seguían corriendo un buen rato en el aire antes de caer», cuenta Gabriela Cabezón Cámara.

«Cuando logré sustraerme de la vorágine de Instagram lives y mesas de ferias de distintos países, caí. La cabeza se me partió en pedacitos y cada uno siguió funcionando por su cuenta: no me podía concentrar en nada, no podía hacer casi nada, apenas lo inevitable para la supervivencia, los trabajos que se cobran inmediatamente, esas cosas»

– Gabriela Cabezón Cámara

«En algún momento dejé de caer y, pasa siempre, empecé a salir del pozo, esta vez el pandémico», afirma la autora de «La virgen cabeza» y agrega: «Ahora puedo escribir, lo que redunda en mi bienestar, pero ya no puedo hacer mil cosas por día. Puedo con una o dos. Y está bien así».

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La escritora descubrió que el tiempo de pandemia le modificó las condiciones. «Me gusta vivir lento, hacer con plena atención lo que esté haciendo, darme tiempo para no hacer nada o para estar, virtual o personalmente, con las personas que quiero, para jugar con mis animales, para trasplantar los brotes de los almácigos a las huertas. Antes vivía con el tiempo de no sé qué deber ser productiva. Ya no. Y no quiero volver a eso».

Jorge Consiglio cuenta que al inicio de la pandemia el encierro «no era demasiado propicio o motivador para escribir» y continuó frecuentando los bares como ámbito de escritura hasta que esa situación cambió completamente.

«El ruido ambiente de los bares que antes me servía para la escritura comenzó a funcionar como una interferencia, una distracción y entonces me reconcilié con la idea del encierro», confiesa el autor de «Hospital Posadas».

El autor Jorge Consiglio.

«No me acostumbré, pero la probé y me pareció adecuada: esa cuestión del claustro, del silencio, la soledad, la tensión focalizada durante horas, ese arrinconamiento creativo, que es un tópico pero funciona. Tu departamento como el patio interior, un concepto medio monástico», describe el autor en diálogo con .

A lo largo del año pasado, el encierro fue matizado con pausas que el autor aprovecha paseando por el barrio y le generaron nuevos descubrimientos. «Me permiten frecuentar espacios que antes pasaba por alto. Antes me iba a otros barrios y habitaba el mío de manera distinta. Ahora me quedo en Colegiales y hay como un merodeo más localizado que cambió mi mirada», afirma Consiglio, que este año publicó la novela «Sodio».

«Fui testigo del proceso de floración de un árbol, en la calle Conesa, o descubrí una plaza, que si bien la conocía la tenía borrada de mi memoria. Cambié la mirada sobre la zona y se transformó en una mirada más activa, que es la mirada del caminante, y ese punto de vista termina por tomar cuerpo en la escritura»

– Jorge Consiglio

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Para la cordobesa María Teresa Andruetto «el encierro resultó productivo» ya que la llevó a «escribir y leer bastante más de lo habitual. Compré muchos libros, más que antes, y leí muchos: los comprados, los recibidos de regalo, y novelas como jurado en un concurso».

«Acepté muchas invitaciones virtuales a programas de lectura, espacios de formación de aquí y de otros países, y al comienzo de la pandemia, el año pasado, acepté participar en un diario colectivo. Eso fue algo distinto, y que hicimos durante dos meses. Pero lo verdaderamente nuevo para mí es que me puse a cursar unos seminarios de filosofía y a escuchar algunas conferencias o mesas de discusión sobre asuntos que en otros momentos no hubiera podido o querido hacer», confiesa la autora de «Lengua madre» y ganadora del premio Hans Christian Andersen.

Como resultado de ese año de pandemia, la escritora cuenta que estuvo trabajando con una novela que ahora está «en remojo» y aceptó «una invitación (cosa que habitualmente no hace) para escribir un cuento para una antología sobre Malvinas».

La escritora Inés Garland.

En tanto, Inés Garland señala que nunca fue muy rutinaria para trabajar, pero que en esta situación trató de instaurar una especie de orden en su vida «para contener el caos y el miedo».

«Empecé a ordenar mi vida lo máximo posible, me empecé a levantar a una hora más o menos pareja. Hacía veinte minutos de yoga o de Chi Gong con dos instructoras de YouTube y me sentaba a escribir hasta pasado el mediodía», enumera.

«Terminé una novela que había estado escribiendo a mi manera, o sea, desordenada y esporádicamente, lo que siempre es así hasta que una novela muerde realmente el anzuelo, empieza a tirar con todas sus fuerzas y reclama toda mi atención. Descubrí que el aislamiento me tranquilizaba. Leía el diario todos los días y me refugiaba en mi cueva y en mis escritos», señala la autora de «Una vida más verdadera».

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Como a muchas otras personas, las conductas irreflexivas acerca del cuidado de la salud derivaron en algunas diatribas y por eso cuenta que mantuvo «discusiones con negacionistas».

«Me enojé mucho cada día y descubrí que la pandemia ponía en evidencia lo que antes estaba mal disimulado: hay personas que miran y se ocupan de los otros, más allá de los otros cercanos», dice.

Garland, que además de escritora es traductora, cuenta que desde el verano empezó a «trabajar obsesivamente con traducciones. El trabajo me salvó, leerle las traducciones a Jimena Ríos, que me asiste, se convirtió casi en el único intercambio social sin contar los talleres que, después de algunos tropiezos tecnológicos, se están pareciendo lo más posible a lo que teníamos de manera presencial.

No obstante, cuenta que la idea de la muerte que impuso la pandemia continúa presente y algo del orden diario que logró al principio se fue desvaneciendo.

«Pienso cada día en la muerte de una manera mucho más concreta que antes. En estos últimos meses, tuve un tiempo largo de desorden: ni yoga ni Chi Gong ni escritura diaria, me despertaba a la noche enojada conmigo misma y con el mundo. Hace una semana volví al Chi Gong, ahora con un señor que se ríe de sí mismo y dice que él no cree que usemos el 5% de nuestra capacidad mental sino que usamos el 95% para reprimir el otro 5%», señala.

«Pensar en la productividad en medio de la pandemia y dar cuenta de mis días y mi trabajo puede ser la evidencia de ese 95% ocupando el espacio para que las profundas penas del mundo queden reprimidas», reflexiona Garland.

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