En el Día Mundial de las Abejas, la FAO resaltó el papel fundamental de los polinizadores para la biodiversidad, la producción de alimentos y el desarrollo del sector apícola argentino.
En el marco de la conmemoración del Día Mundial de las Abejas, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2017 para celebrarse cada 20 de mayo, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) resaltó el valor estratégico de estos insectos y otros polinizadores para la seguridad alimentaria global, la preservación de la biodiversidad y el sostenimiento de miles de familias rurales en Argentina. María Laura Escuder, oficial de Programas de la FAO en el país, manifestó al respecto que “la abejas cumplen un rol fundamental en los sistemas agroalimentarios. Su trabajo silencioso sostiene la producción de una gran parte de los alimentos que consumimos todos los días y, al mismo tiempo, genera oportunidades de desarrollo para miles de pequeños y medianos productores en todo el país”.
La relevancia de los polinizadores quedó evidenciada en los informes de la FAO, los cuales indican que cerca del 75% de los cultivos alimentarios del mundo dependen, al menos en parte, de su acción para la reproducción, incluyendo variedades esenciales como frutas, hortalizas, semillas y frutos secos. Pese a este aporte determinante, la situación global es preocupante: datos de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) advierten que el 35% de los polinizadores invertebrados, con énfasis en abejas y mariposas, se encuentran actualmente en peligro de extinción. Al respecto, la FAO señaló en una declaración oficial que “la polinización es un servicio ecosistémico fundamental que sustenta la producción de alimentos y la biodiversidad. Sin embargo, las abejas y otros polinizadores están amenazados por la pérdida de hábitats, el uso de pesticidas y el cambio climático”.

En el plano local, la actividad apícola exhibe una estructura robusta con presencia en 22 provincias, donde el Registro Nacional de Productores Apícolas (RENAPA) tiene contabilizados a más de 22.000 productores. Este entramado productivo cuenta con más de 4 millones de colmenas distribuidas en todo el territorio argentino, permitiendo alcanzar una producción promedio anual de 80.000 toneladas de miel. Según la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca, la apicultura argentina es un sector estratégico para el desarrollo regional y la generación de divisas, posicionando al país como uno de los principales exportadores mundiales de miel de alta calidad. No obstante, la dinámica comercial del sector muestra una fuerte orientación externa, ya que el 95% de la producción se destina a los mercados internacionales.
Esta dependencia exportadora contrasta con los indicadores de consumo interno, que apenas alcanzan los 200 gramos por persona al año, una cifra notoriamente baja si se compara con países europeos como Alemania, donde el consumo anual per cápita ronda el kilogramo. Desde la cartera agropecuaria y la FAO sostienen que el mercado interno representa una oportunidad importante para los productores locales. Al fomentar un mayor consumo de miel y sus derivados —como el polen, el propóleo, la jalea real y la cera—, se podría no solo fortalecer las economías regionales y valorizar el trabajo de los apicultores, sino también diversificar el alcance de estos productos que ya son integrados en la industria alimenticia, cosmética y de cuidado personal.
Diversidad productiva y sostenibilidad
La diversidad productiva argentina es otro factor distintivo, dado que el país dispone de más de 80 variedades de miel diferenciadas por el origen botánico, el clima y las características geográficas de cada territorio. Esta variedad convierte a la miel nacional en un producto de alto valor agregado que combina biodiversidad, innovación y trabajo local. María Laura Escuder explicó que “la miel es el resultado de un proceso productivo que combina biodiversidad, conocimiento, innovación y trabajo local”. En este sentido, la articulación entre el saber productivo y la sostenibilidad se posiciona como una herramienta clave para enfrentar los desafíos climáticos y garantizar la resiliencia de los sistemas agroalimentarios.
Finalmente, la promoción de la apicultura no solo busca sostener la productividad agrícola, sino también concientizar sobre la importancia de los polinizadores en la seguridad alimentaria. En un escenario de creciente demanda por alimentos de origen conocido y procesos naturales, los productos apícolas en Argentina tienen el potencial de ganar mayor espacio en los hábitos de consumo. La meta fijada por los organismos internacionales es clara: fortalecer la conciencia sobre el rol de las abejas como actores esenciales del desarrollo sostenible, instando a la sociedad a valorar un proceso que, desde el trabajo silencioso de los polinizadores, resulta indispensable para la supervivencia de la cadena de alimentos a nivel mundial.








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