La vieja postal de una ballena jorobada mostró una peligrosa costumbre de la época, la cual cambió por completo gracias al aumento actual de los avistamientos y a la creación de redes ambientales.
Una fotografía tomada en el verano de 1936 inmortalizó el encallamiento de una enorme ballena en la costa de Necochea. La imagen, que muestra a decenas de vecinos posando junto al cetáceo e incluso subidos a su lomo, refleja la inmensa curiosidad que despertaban estos animales en una época donde los avistamientos en las playas eran fenómenos extremadamente raros y aislados.
En aquellos años, la presencia de estos mamíferos gigantes no formaba parte del paisaje habitual de la ciudad, a diferencia de los últimos tiempos, cuando el paso de ejemplares se volvió más frecuente debido a sus rutas migratorias. El hallazgo del ejemplar, que por sus características morfológicas y los pliegues ventrales visibles parece corresponder a una ballena jorobada, alteró por completo la rutina de la población costera, que se volcó masivamente a las playas para registrar el suceso.
Los peligros sin protocolos
La histórica postal expone también la total ausencia de normativas ambientales y preventivas que existía en la primera mitad del siglo XX. En la actualidad, subirse al cuerpo de un cetáceo varado está terminantemente prohibido por los riesgos sanitarios y de seguridad que implica, una noción biológica y médica que en 1936 era completamente desconocida por el público general.
Los especialistas en fauna marina advierten que subirse a una ballena encallada, viva o muerta, representa un peligro severo de transmisión de enfermedades zoonóticas a través de bacterias, virus y parásitos presentes en la piel o los fluidos del animal. Además, si el ejemplar se encuentra vivo, el estrés provocado por el contacto humano acelera su colapso, a lo que se suma el riesgo físico de sufrir aplastamientos por movimientos bruscos o la liberación de gases acumulados en el interior del cuerpo si el animal ya falleció.
El cambio en las rutas migratorias
Con el paso de las décadas, el panorama en el litoral cambió de manera notable. Según exponen diversos registros científicos y agrupaciones de investigación, las ballenas (principalmente de la especie franca austral) comenzaron a dejarse ver con mayor regularidad frente a las costas locales durante sus viajes migratorios anuales hacia las áreas de reproducción en el sur del país.
Este incremento en las apariciones locales transformó el fenómeno en un atractivo ecoturístico regulado, donde se promueve la observación responsable desde puntos estratégicos como la Escollera Sur, lejos de las prácticas invasivas de principios del siglo pasado. La abundancia de alimento en la región y las corrientes marinas consolidaron a la costa local como un punto clave dentro del trayecto de los cetáceos.
La creación de redes de asistencia
Frente a esta nueva realidad ecológica, los protocolos de actuación ante varamientos se profesionalizaron por completo en el plano local. Organizaciones oficiales como la Dirección de Gestión Ambiental de la Municipalidad de Necochea, junto con las estaciones de Piscicultura e Hidrobiológica, trabajan de forma coordinada para asistir a ejemplares que llegan a la costa en situaciones traumáticas o de mortandad.
Estas dependencias operan bajo lineamientos estrictos de bioseguridad, tomando muestras científicas de grasa, piel y músculo para su posterior análisis en instituciones especializadas como la Fundación Mundo Marino. Los operativos modernos priorizan el aislamiento de la zona para proteger la salud pública y garantizar un entierro sanitario seguro, una realidad diametralmente opuesta a la festiva aglomeración humana registrada en aquella vieja fotografía de 1936.








Enviá tu noticia 

Triste Foto...🤦♂️