Gabriela envió una carta a Diario Necochea, difundiendo su descargo para concientizar sobre el impacto negativo que sufren las adolescentes.
La preocupación por los reiterados episodios de agresiones verbales ejercidas por personas mayores en los torneos de las categorías inferiores de básquet motivó el reclamo por parte de un familiar directo de una de las deportistas, quien decidió visibilizar este problema con el claro objetivo de frenar conductas que perjudican el desarrollo de las adolescentes. A través de un texto enviado a la redacción de Diario Necochea que lleva por título "Reflexión pública", la madre manifestó que esta clase de situaciones se reitera de forma constante en el ámbito deportivo local, remarcando asimismo que "es algo que sucede a menudo y necesito ayuda".
Los hechos que originaron su reclamo ocurrieron en dos partidos específicos, aunque la mujer aclaró que se trata de un escenario que se repite desde hace bastante tiempo y que optó por preservar la identidad de las menores involucradas para no exponerlas. El primer episodio se desató durante un partido en la localidad de Lobería, donde observó a un adulto del ambiente deportivo insultar y gritar a los árbitros y a las jugadoras de corta edad, logrando que el público de la tribuna imitara esa actitud violenta. Pocos días después, en un encuentro desarrollado en Necochea entre planteles locales, la madre volvió a presenciar burlas y aplausos irónicos hacia las rivales por parte de otra persona con pasado dirigencial, lo que la llevó a confrontar al responsable al término del juego, terminando la charla en una acalorada discusión entre ambos.
A pesar del cruce personal, la autora aclaró que su meta no consiste en centrar la atención sobre su propia reacción sino alertar sobre el entorno nocivo que rodea a las adolescentes, quienes absorben los malos ejemplos de sus mayores en momentos en que se encuentran completando su etapa formativa. Desde su perspectiva, los mayores cuentan con recursos de defensa de los que las jóvenes carecen, por lo cual la responsabilidad de cuidarlas, guiarlas y transmitir valores recae exclusivamente sobre los padres, técnicos y directivos presentes. Asimismo, rechazó de forma tajante que los insultos o las humillaciones se traten de justificar bajo el pretexto de la pasión o de las costumbres de la competencia, sosteniendo con firmeza que "Cuando en la cancha hay niños, niñas y adolescentes, los adultos debemos ser los primeros en dar el ejemplo."
Finalmente, la denunciante apuntó contra la contradicción de los clubes que exhiben carteles contra la violencia pero toleran las agresiones verbales en sus instalaciones, advirtiendo que la trayectoria deportiva no valida el maltrato hacia las jóvenes. La carta concluye con un llamado general a la concientización para que las basquetbolistas puedan desempeñarse en ambientes saludables y respetuosos, instando a todos los actores involucrados a recapacitar sobre las conductas actuales y el legado que se les brinda a las próximas generaciones.
Reflexión pública
Mi nombre es Gabriela y he decidido hacer pública esta reflexión como mamá de una jugadora de básquet.
No voy a mencionar nombres de las jugadoras involucradas porque todas son menores de edad y considero que deben ser resguardadas. Tampoco escribo estas palabras con la intención de exponer a ninguna adolescente. Mi preocupación está puesta en las conductas de algunos adultos y en el impacto que estas tienen sobre quienes deberían encontrar en el deporte un espacio de crecimiento, aprendizaje y contención.
Los hechos que motivan esta publicación ocurrieron en dos partidos puntuales, aunque considero que son situaciones que se vienen repitiendo desde hace años.
En un encuentro disputado en Lobería, presencié cómo una persona adulta vinculada al ámbito deportivo dirigía gritos e insultos hacia jugadoras menores de edad y hacia los árbitros. Lo más preocupante fue observar cómo ese comportamiento parecía habilitar reacciones similares por parte de otros adultos presentes en la tribuna. Quienes acompañamos a nuestras hijas sabemos que estas situaciones no son aisladas y que, lamentablemente, se han naturalizado con el paso del tiempo.
Días después, durante un partido disputado en Necochea entre equipos de la misma ciudad, volví a presenciar actitudes de burla, aplausos irónicos y expresiones dirigidas hacia jugadoras rivales por parte de una persona adulta que anteriormente tuvo responsabilidades dentro de este deporte. Más allá de cualquier trayectoria o experiencia acumulada, considero que nada justifica comportamientos que puedan afectar a adolescentes que se encuentran en plena etapa de formación.
Al finalizar ese encuentro decidí acercarme a una de las personas involucradas para expresarle personalmente mi malestar por situaciones que, desde mi punto de vista, se vienen repitiendo desde hace demasiado tiempo. La conversación no prosperó y terminó en una discusión entre adultos. No voy a negar mi participación en ese episodio ni las palabras que expresé en ese momento. Sé perfectamente lo que dije y asumo haber sido parte de esa situación.
Sin embargo, esta publicación no tiene como objetivo justificar mis actos ni centrar la atención en una discusión personal. Lo que considero importante es el contexto que llevó a ese momento y, sobre todo, aquello que ocurre de manera reiterada delante de adolescentes que observan, escuchan y aprenden de los adultos que las rodean.
Los adultos tenemos herramientas para defendernos, responder, discutir y expresar nuestras diferencias. Los menores no siempre las tienen. Por eso somos nosotros, como madres, padres, entrenadores, dirigentes, docentes o acompañantes, quienes tenemos la responsabilidad de cuidarlos, guiarlos y brindarles seguridad. Nuestro deber es ayudarlos a crecer, fortalecer su confianza y acompañarlos en su desarrollo, no generarles inseguridades ni exponerlos a situaciones que jamás deberían formar parte de un ámbito deportivo.
En muchas canchas vemos carteles y mensajes que promueven el respeto y el rechazo a la violencia. Sin embargo, la violencia no es únicamente física. También existe en los insultos, en las burlas, en las humillaciones, en los gritos y en las faltas de respeto dirigidas hacia menores de edad.
Con frecuencia se intenta justificar este tipo de conductas diciendo que forman parte de la pasión, del folclore deportivo o de la emoción propia de la competencia. Yo no lo comparto. Cuando en la cancha hay niños, niñas y adolescentes, los adultos debemos ser los primeros en dar el ejemplo.
Tampoco considero que los años de trayectoria sean garantía de hacer las cosas correctamente. La verdadera experiencia se demuestra a través del respeto, de los valores que se transmiten y de la capacidad de comprender que la formación humana de nuestros jóvenes está por encima de cualquier resultado deportivo.
Escribo estas palabras con la esperanza de que inviten a la reflexión. No por los adultos involucrados, sino por las chicas. Porque ellas merecen desarrollar su deporte en un ambiente sano, respetuoso y libre de violencia. Merecen adultos que las acompañen, las cuiden y estén a la altura de la responsabilidad que implica formar parte de sus vidas.
Ojalá podamos reflexionar sobre el ejemplo que estamos dando y sobre el legado que queremos dejarles a quienes vienen detrás de nosotros.








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Es una parte de la sociedad tilinga y curso tanto sus pádres como muchos que la ven, no hay un comportamiento social al respecto los socios diretivos y demas miembros de los clubes deberia tomar cartas en el asunto en asamblea ellos son los que estan de garantes de todos los problemas que puede surgir en las sede y responsables
Totalmente de acuerdo, lo e visto y lo veo, categorias formativas son para formar no solo en el deporte sino que les sirva para la vida, va a ser lo mas importante que van a tener en el transito de estas edades, solo debemos pensar en lo chicos como personas y no solamente como jugadores