Alejandro Borensztein
Publicado: 02 de diciembre de 2018
Tiempo de lectura: 7 minutos, 14 segundos
@diarionecochea


¿Es esto la Argentina?


En esta página se transpira la camiseta toda la semana, hasta el último minuto. Elijo el tema. Pasan cosas. Cambio todo sobre la marcha. Le pongo garra. Corazón. Pero a veces el vértigo de la realidad te termina ganando.

¿Qué duda había de que el gran tema de la semana era el papelón de la final entre Boca y River? La jugamos. No la jugamos. Con público. Sin público. “Ok, decidan lo que decidan Boca no la piensa jugar”, dijo el guapo de Angelici que el día del incidente había arrugado firmando un papelito comprometiéndose a jugar el día siguiente. “Tranquilos” le dijo a los de la Conmebol. “Mañana domingo nos levantamos tempranito, desayunamos, si todavía nos queda algún jugador ahogado por los gases lo hacemos vomitar en el hotel antes de salir, le ponemos un colirio al capitán Pablo Pérez y al mediodía enfilamos para el Monumental felices y contentos”. Al enterarse de esto, los jugadores de Boca se le plantaron: “Jugá vos, campeón”.

“Con ventaja deportiva no queremos jugar” dijo D’Onofrio haciéndose el caballero, después de haberse hecho el boludo durante horas junto a los capos de la Conmebol en lugar de suspender el partido inmediatamente. “Che, no exageren que no murió ningún jugador de Boca” fue la premisa de los responsables del partido.

Efectivamente no murió ninguno porque Dios es argentino, aunque a veces no parezca. Un micro de dos pisos doblando a 60 km por hora desde Av. Del Libertador, atacado con piedras y gases, con el chofer desvanecido y entrando al Monumental bajo una lluvia de objetos contundentes, podría haber sido una tragedia para los que iban arriba del bondi y para los que caminaban por ahí.

“La salud de los jugadores es lo primero” declaró el jueves un muchacho de apellido Domínguez que preside la Conmebol porque es el único dirigente que todavía no fue preso. Sin embargo, el día del partido ese mismo tipo los quería hacer jugar de prepo. Al fin y al cabo, un volante central sin un ojo y medio plantel asfixiado por los gases no pueden empañar esta fiesta del deporte.

Luego el gran sainete. Jugamos mañana domingo. Abran el estadio. Suspendemos. Cierren el estadio. Nos reunimos el martes en Asunción, acuerdan Domínguez, Angelici y D’Onofrio. Ridículos. ¿Por qué el martes en Asunción si el lunes estaban los tres en Buenos Aires? Ok, se juega en Vélez, sin público. O en Mendoza. No, mejor fuera del país. ¿En Asunción? ¿En Miami? ¿En Rio? ¿En Medellín? ¿Y si jugamos otra vez en la Bombonera que ahí anduvo todo fenómeno? No se discute más: vamos a Qatar que nos queda cerca a todos. Hasta que finalmente, Madrid. La Copa Libertadores de América en España con todos los chistes posibles sobre el General San Martín y la emancipación latinoamericana. “Vení a jugar, no somos tan buenos, pueden ganar”, toreó D’Onofrio que se olvidó el equilibrio emocional en el auto. Después pidió perdón. No le demos más vueltas. Definitivamente, el tema de la nota era la final. Hasta que llegó Macron.

Fue el protagonista del mejor sketch de humor político internacional de la última década. El presidente francés baja del avión. No hay nadie. “¿Es esto la Argentina?” le pregunta a un empleado aeroportuario con pechera amarilla que estaba paradito al pie de la escalerilla con otro ñato de camisa blanca que justo pasaba por ahí. “Brigitte, agendaste bien lo del G20?... ¿estás segura que era hoy?”. A punto de subirse a un Uber, apareció Michetti y les empezó a hablar en francés. ¿Hacía falta? Nuestra vicepresidenta abusa de la comparación con Boudou.

Trump anuncia que se va a reunir con Putin. Air Force One en el aire. En Washington, su abogado declara que mintió y que en realidad Putin lo ayudó para derrotar a Hillary. Entonces cambiamos. Trump no se reúne nada con Putin. Todavía no aterrizó y ya todo es un puterío. A los alemanes (justo a ellos) no les anda el avión y mandan a Merkel en un vuelo de línea.

Llega Xi Jinping. Como el tipo es el único que viene en visita oficial lo espera una banda militar. El primero que baja del avión es un custodio, pero como para nosotros los chinos son todos iguales, arranca la música de la banda militar. El custodio se mete de vuelta en el avión. La banda deja de tocar. ¿No hay uno de protocolo que le conozca la cara a Xi Jinping?

A esta altura la final de la Libertadores va dejando de ser el tema. El G20 pica en punta. Macri y Trump se reúnen a la 7 de la mañana. Lindo horario. ¿Van a conversar sobre inversiones o van a sacarse sangre? La vocera de EEUU informa que hablaron sobre la actividad económica “depredadora” china. O sea, lo mandó en cana a Macri. Nos arruinó. Adiós a las inversiones chinas. Que la central nuclear te la banque Cadorna.

Putin se abraza frente a todos con el príncipe de Arabia Saudita como diciendo “no se metan con mi amigo que es un crack”. Sin duda el G20 es el tema más divertido. Vamos por ahí. Hasta que de repente Buenos Aires tiembla. ¡Terremoto en el medio del G20! Lo único que faltaba. ¿Arrancamos con todos los chistes posibles sobre temblores o abandono la página?

No hace falta. “Nuestro cronista tiene más información sobre la cumbre, adelante por favor” dice la conductora de TN a un periodista que a las 11:38 AM con 22º de temperatura se inmortaliza con la respuesta más extraordinaria de la historia de la televisión: “Estoy en el baño”, dicho con el clásico eco que produce un ámbito cerrado, azulejado y rodeado de mingitorios e inodoros enlozados. “Enseguida retomamos el contacto” cierra la conductora y todo indica que el G20 ya pinta para show.

Sin embargo, la gran noche del Colón limpia todo. Una gloria. Orgullo. Emocionante. Perfecto. Otro país.

Amigo lector, desde que yo entregué esta nota y hasta ahora que usted la está leyendo, y conociendo a la Argentina, pudo haber pasado cualquier cosa. Sin embargo, todo parece indicar que el evento salió muy bien. Incluidas las protestas. Los que están contra la cumbre marcharon de manera impecable. Respetando lo acordado. Aislando a los pocos violentos.

Nobleza obliga también hay que decir que, de todos los presidentes y presidentas que tuvimos este fin de semana en Argentina, la que mejor se portó fue Cristina. Una lady. Ni mu. Se quedó calladita en El Calafate. Ojalá fuera siempre así. Doble mérito: por un lado, superando el fastidio que le provoca el inmundo G20 con sus sucios opresores y por el otro bancándose la chinche que le debe haber dado el hecho de que no le tocó presidirlo a Ella.

La única decepción fueron los encapuchados tirapiedras. De ellos se esperaba mucho más. Sobre todo después de las muy buenas performances que tuvieron en los dos shows previos que dieron en el Congreso, el de diciembre pasado y el último cuando se aprobó el presupuesto. Contra Patricia Bullrich se hacen los guapos. Pero viene la CIA, la KGB, el Mossad, el M16 y arrugueti. Al final nuestros troskos son unos pecho fríos.

¿Y si le pedimos a los servicios extranjeros que nos dejen a los francotiradores por un tiempito más? Aunque sea hasta que termine la Superliga.

Finalmente, hoy termina la fiesta. Domingo de despedidas y cierta melancolía porque se van todos. Se va el príncipe que descuartiza periodistas, el ruso que envenena opositores, el chino que firma 10 ejecuciones por dia, Donald Trump que separa padres inmigrantes ilegales de sus hijos nacidos en EEUU. Se va Erdogan. Una pena. Nos quedamos solos otra vez. En la fría y temible oscuridad de siempre bajo el control operativo de D’Onofrio, Angelici, Chiqui Tapia y el Caverna Godoy. Que miedo.

¿Hay esperanza? Obvio que sí. Cuando hacemos las cosas bien, al final salen bien.

¿Viste Gato? Por fin una. Si querés llorar, llorá. Al final lloramos todos. Armate un par de G20 más y ganas en primera vuelta. Vamos macho, acelerá.

Por un rato, fuimos otro país. Ya lo dijo Macron. ¿Es esto la Argentina?