Salud
Publicado by admin 11 de agosto de 2019
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@diarionecochea


Gimonte, cuando se apagaba la luz: historia del vigorizante pre Viagra


“Viagra mata Gimonte”. Lo predijo Jacobo Winograd. Tuvo razón. Pero hasta que se puso en venta la famosa pastilla azul, todo la energía para el hombre desanimado estaba puesta en una crema humectante de uso íntimo masculino que empezó a comercializarse en perfecta sintonía con la primavera democrática: Gimonte nace en 1984 y, a su modo, la transgresión acorde a los tiempos que corrían se tradujo conceptualmente en su “venta libre”.

Fue una crema, pero sobre todas las cosas, fue una publicidad memorable, con un eslogan ídem. El aviso de Gimonte, el del ascensor de Patricia Sarán y el Hitachi de qué bien se “te ve”. Tres comerciales que entraron en la historia de la publicidad nacional.

“Cuando se apaga la luz, se enciende Gimonte”.

Nueve segundos.

Consistía en untar el amigo cinco minutos con suaves masajes cosa que uno nunca supiera bien si lo mágico era el Gimonte, la fricción o, en última instancia, la persona que estaba con uno.

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¡Que Sueiro apague la luz!

Como todo lo relacionado con el sexo, se lo tomaba un poco en broma. Fue considerado el precursor criollo de los parapitoles. Y se presentó en sociedad con el desparpajo que el tema realmente se merece. Idéntica fórmula usaba la revista Sex Humor, también de esos años. “Lo que natura non da, ni Gimonte te lo presta”. O “¡Ya la apagué y ahora no encuentro el Gimonte! O, ¿cómo se suicidan los gallegos? “Se ponen Gimonte en el pecho para que se les pare el corazón”.

A nivel popular, la“crema íntima” era una novedad total y absoluta. Más o menos como ahora, en los ‘80 también faltaba educación sexual y la democracia venía gasificada con burbujas de sidra barata. Por eso los crédulos, por eso los hermosos ingenuos podían llegar a creer que la publicidad de Gimonte funcionaba como prospecto. En otras palabras, el ungüento surtía efecto si te lo aplicabas a oscuras (“Cuando se apaga la luz, dice el aviso”).

En Peor es nada, Guinzburg y el Negro Fontova, publicitaban GI MONTAÑA.

Entre las consideraciones sobre un hombre que fue niño en los ochenta, el escritor Pablo Méndez, señaló: “Desde el televisor, una voz me llenaba de misterio. Nunca pregunté qué era pero una vez un tío le dijo a mi viejo que se puso el Gimonte y que se tuvo que tirar a la zanja llena de agua podrida porque no paraba de quemarle”. Lo dice y pide “perdón” por mencionar “Gimonte”, “zanja” y “paraba” en la misma oración.

Para un pionero, nada mejor que otro adelantado y en La nueva sexualidad del varón, libro publicado en 1987, León Gindin escribía acerca estas lúdicas ocurrencias: “Los mejoradores de la función sexual son cremas... cremas para las manos. El componente más importante es la fantasía que pone quien lo compra. Ese es su único secreto”.

Gimonte nace en 1984 y la trasgresión acorde a los tiempos democráticos que corrían se tradujo conceptualmente en su “venta libre”.

Gustavo Cerati sintetizó el espíritu del Gimonte en Un misil en mi placard, canción curiosamente editada el mismo año en que se inventó la crema. No, chicos, el tema de Soda no habla del “faso”. El misil guardado en el ropero tampoco hacía referencia al consolador.

Refugiados sobre el diván/Agitados por nuestras formas/Algo ocurrió, una extraña sensación, un presentimiento.../Tuve que dejar de hacer el amor en el momento.

Un misil en mi placard era la promesa de vigor que patrocinaba la marca del momento para casos de estrés o cansancio. Es fácil imaginar el maletín de obsesiones de una joven estrella embarcada en la famosa tríada sexo, drogas y rock & roll . Pero Gimonte nunca se metió con disfunciones eréctiles. No hablaba de cosas feas. Era una crema diseñada con buen gusto y distinción. Por eso el cantante de Soda se hizo cargo de la publicidad subliminal:la presunta falta de erección ante la inminente relación sexual, en clave pop.

“Fui en busca de un abrigo/hacía frío”, sigue la letra. La pomada, se sabe, provocaba una grata sensación de calor (“abrigo”).

¿Qué es de la vida del Gimonte?

Primero y principal, la marca aún existe.

Gimonte Bravo fue una de las variantes. En la fórmula de la crema mágica empezaba a mezclarse ginseng y ruda macho.

Instalada para siempre en nuestro imaginario social, la crema ha sufrido una transformación. Histriónica, megalómana, empezó siendo Gimonte, siguió como “Gimonte Plus”, pasó a tener su versión “Forte”, hubo otra con “ginseng” y “ruda macho” y ahora, lejos de la libertad de origen, sólo puede conseguirse bajo receta en plan marca genérica del sildenafil (Viagra), super fármaco para tratar problemas de erección e impotencia.

Su matriz emblemática, sin embargo, es inalterable y en Mercado Libre, Gimonte, a su vez, es el genérico de un segmento comercial de lubricantes anales, geles sexuales y “retardantes de eyaculación” de diversas marcas.

En sus años de gloria, la crema fue expansiva, determinante. A dos años de su creación, se metió en las pautas publicitarias del Mundial ‘86. Asimismo supo intervenir en la testosterona del boxeo, auspiciando ni más ni menos que el “Campeonato Gimonte”.

El vigorizante original, mal que nos pese, se vendía libremente porque entraba en la frívola categoría de los “cosméticos”.

Sí, era como el rimmel para las pestañas.

Gimonte Sildenafil. Actualmente los Laboratorios Fabra siguen manteniendo la marca pero la fórmula se transformó, pasando de "cosmético" a genérico del viagra.

Sí, como el esmalte de las uñas.

“El medicamento tiene un efecto terapéutico. El cosmético encierra otros fines”, separa los tantos la farmacéutica Sandra Paz. “Gimonte ahora no es una crema sino un genérico del sildenafil”, explica Paz, quien se desempeña como jefa de los Laboratorios Fabra, actuales encargados de la marca que pasó de lubricante a comprimido. De hipotético placebo a una eficacia aprobada por expertos.

“El Gimonte histórico –dice la farmacéutica- era un gel sin ninguna acción terapéutica. La composición no presentaba inconvenientes ni efectos adversos, a menos que uno tuviera alguna clase de alergia. Ahora no se puede hacer publicidad alguna porque esta prohibido hacer campañas de medicamentos cuyo venta es bajo receta”.

Lejos del cánon saltimbanqui de los lejanos ’80, hoy en día vas a una farmacia, pedís “Gimonte” y la señora del otro lado del mostrador sonríe, consulta la pantalla y, ¡¡ohhh!!, los ojos de su cara se avivan... “¡Gimonte...! ¡Gimonte sildenafil!... ¡Tenías razón! ¡Existe!”

Dos pastillas, $177.

Treinta y cinco años atrás apareció en el mercado. El envase original era un pomo donde se leía “uso íntimo masculino”. La confusión reinante formaba parte del asunto: ¿El Gimonte apuntaba a mejorar la erección o facilitaba la penetración?

Más: ¿por qué se llamaba como se llamaba? Con gusto se lo preguntaríamos a los de la empresa Plumbland Holdings LTD, pero la firma que lo inventó se encuentra actualmente disuelta. Una lástima: pletórica de creatividad, esta gente también hizo punta en tratamientos capilares.

GI es una sigla que, para los Estados Unidos, describe algo relacionado con armamentos. General Infantry, “Infantería General”. Las iniciales Gl también están frecuentemente vinculadas al término Galvanized Iron (”hierro galvanizado”). ¡Eso es lo que importa!

Lo de Monte es mucho más sencillo: “elevación natural del terreno”, según la Real Academia Española. En 1991, Gimonte fue sancionada y la prohibieron a instancias del severo ministro de Salud y Acción Social de entonces, Avelino Porto. “Vamos a ordenar que las farmacias la saquen de circulación y al COMFER, que impida su publicidad televisiva”. ¿Qué pasó? “No se trata de una especialidad medicinal. Es un producto de tocador”, le bajó el precio el funcionario menemista.

“De tocador”.

Fue como sacarle el antifaz a El Zorro.

Pero Gimonte se relanzó en 1999. Tarde. Un año antes había aparecido el Viagra. En 2007 Gimonte pega otro volantazo y aparece la nueva fórmula, “una experiencia más efectiva”: Gimonte XXl... lubricante vaginal.

Con los años, no hace tanto, los Laboratorios Fabra comprendieron el valor alegórico de la marca caída en desgracia. Dejando de lado los poderes mágicos de la crema o el gel, sustituyeron la historia por unas prácticas tabletas. En la fábrica son contundentes: “Compramos nada más que la marca”.